Dejar los pañales – El control de esfínter en la infancia

En este artículo no encontrará una receta más sobre cómo ayudar a dejar los pañales a su hijo. Sino que mi intención es acompañarle en la reflexión sobre lo que el aprendizaje del control de esfínter supone para su hijo y la trascendencia que tiene en el desarrollo psíquico de los niños.

Entre el nacimiento y los dos años adquirimos numerosos aprendizajes que nos acompañarán el resto de la vida, el control de esfínter es uno de ellos. Por eso es un tiempo que suele requerir especial dedicación y paciencia. Para este artículo parto de la premisa de un niño sano que no cuenta con ningún impedimento orgánico de ser otro el caso, existirán otras variables en juego evidentemente.

¿Son los niños los que los dejan?

Hay niños que toman la iniciativa y los van dejando hasta que un día no los quieren más, otros parecen estar muy cómodos con ellos, pero antes o después es responsabilidad parental ayudar a sus hijos en este paso de su proceso de autonomía. No es sencillo encontrar el equilibrio entre favorecer su autonomía sin limitar su libertad, enseñar sin adiestrar, transmitir sin obturar. Para ello habrá que partir de reconocer a cada niño desde su singularidad e intentar incentivarlo, acompañarlo sin hacer por él cuando ya está en condiciones de hacer de manera autónoma; o detener su evolución por dejadez, abandono o comodidad parental. Puede parecer más fácil continuar con lo que ha funcionado (biberón, pañales, chupa, papillas) pero a la larga suele traer consecuencias.

Inmersos en la cultura

Para el niño aprender a controlar su esfínter es una imposición de la cultura, de la civilización, transmitida por sus padres, ya que las personas vivimos con normas que nos rigen y que hacen posible la vida en la sociedad. Es una limitación a los impulsos en pos de un avance personal en su desarrollo psíquico. Son los padres los que proponen dejar de usarlos en una etapa sensible para ello y para un niño que ha dado señales de estar en condiciones de aprender.

Dejar en manos de los niños la decisión de quitarse los pañales, como tantas otras – dejar la cama de los papás, dejar de tomar el pecho, la chupa- es invertir los roles y funciones que los padres deben tener con los hijos y en cierta medida “dejarlos a su suerte”. Entre padre e hijos se da una relación asimétrica que se caracteriza por la disparidad de saber y poder, y por la discrepancia de posibilidades entre uno y otro, que deja al niño fuera de la pareja parental. Esta relación cumple una función estructurante del psiquismo, es decir que permite su desarrollo.

Conocimiento del propio cuerpo

El conocimiento del propio cuerpo y sus sensaciones comienza con el nacimiento, desde las primeras sensaciones de calor, frío, hambre. En esos primeros días, el recién nacido va recibiendo a través de las caricias, masajes, lavados, emulsiones de cremas que el niño recibe generalmente de sus papás sus primeras estimulaciones y registros de sus zonas erógenas, donde desde este contacto físico se remite a un intercambio emocional mucho más profundo que introduce al niño en su sexualidad infantil. Funciones parentales que van más allá de cubrir las necesidades autoconservativas, de alimentación, aseo, y a través de las cuales el bebé podrá ir obteniendo un plus de placer. El modo en que el bebé es sostenido, mirado, tocado, generará en él las primeras representaciones psíquicas que darán lugar a producir los inicios de cualquier simbolización posible.

Sigmund Freud puso de relieve que en los primeros años de vida del niño se establecen intercambios orales. En donde la boca, el chupeteo, el balbuceo, toman un lugar predominante como modo de intercambio y conocimiento de experiencias y del mundo. Todo es factible de incorporarse aunque aún no se lo perciba como algo diferenciado de sí mismos, ni se cuente con una sensación integrada de uno mismo. En donde lo que se juega y se transmite entre padres e hijos es mucho más que leche, modos de ser sostenido, de estar, de sentir y de hacer en el mundo.

Palabras que den sentido

La mamá (o quién cumple la función) va poniendo palabras, interpretando las necesidades del niño le transmite el código de la lengua de la cultura a la que pertenece. Donde la importancia no está en las palabras sino en la relación con la cual la palabra liga, captura y ordena aquello que es del orden de la excitación y que ayudarán al bebé a entender las sensaciones. Su mamá es quién va decodificando: “Parece que estás haciendo fuerza, ¿te duele la tripita?, ¿será que estás haciendo popó?” Es ella la que interpreta las necesidades del niño y contribuye a la implantación de la sexualidad en el psiquismo incipiente del niño tomando al hijo como objeto de amor a través de sus cuidados corporales. Sexualidad tomada en sentido amplio, no reductible a la genitalidad y tampoco a los ordenamientos de género.

Desde esos primeros intercambios de posturas, gestos y palabras que les significan se va entretejiendo la comunicación humana entre mamá y bebé. El niño va pudiendo apropiarse de su cuerpo y reconocerlo como tal, desarrollando mejores posibilidades de descubrir sus propias sensaciones internas de las externas, de poder empezar a constituirse en un sujeto diferente a su mamá. El parto simbólico se produce mucho más tarde y de una forma menos rotunda que el parto biológico nos dice la Psicoanalista Silvia Bleichmar, ya que lleva todo un desarrollo en la cría humana poder desarrollar su sentimiento diferenciado de sí mismo con respecto a su mamá y los demás.

Son los padres quienes pueden ayudar al niño a entender y dar significado a sus sensaciones corporales desde recién nacido, para que gradualmente cada niño pueda ir identificando y nombrando, poniendo él también palabras a lo que le sucede, lo que es propio y lo ajeno, lo interno y lo externo, lo que se puede y lo que no. Qué es de su cuerpo y qué no, qué es él, qué es mamá. Discriminaciones fundamentales en el proceso de desarrollo personal, afectivo y social, que a veces, parece no operar en algunos a adultos que continúan relacionándose con otros y con el entorno confundiendo estos aspectos.

Se trata de un recorrido gradual, desde la lactancia a demanda del recién nacido a los tiempos de espera que permiten al niño autorregularse, pensar y controlar sus impulsos. Tiempos inmediatos al principio, poco a poco prolongados, generadores de hábitos que permiten al bebé comenzar a comprender patrones, organizar tiempos que dan lugar a una espera que no se vive con desesperación aniquiladora sino que es soportable, que se conoce repetida, que sabe que esos pasos indican la presencia de mamá. Si todo es ya, no hay momento para el pensamiento, para saberse pensado y poder mantener pequeñas sensaciones que lo tranquilizan y reconfortan.

Camino a la autonomía

En este camino hacia su autonomía llega a los dos años, dos años y medio aproximadamente, dando señales que su madre le devuelve significadas, estableciendo todo un modo de interacción entre ambos que junto al desarrollo psicomotor de esta etapa permiten que el niño esté en condiciones de trasladarse, bajarse una ropita sencilla y pedir para ir al baño. Ésto podrá ir haciéndolo un niño al que se le ha ido propiciando un registro sobre el propio cuerpo, del que puede compartirse y hablar. “Vamos al baño que parece que hiciste otra vez, vamos a cambiar el pañal, limpiarte la colita”.

De ésta manera el niño va teniendo palabras que den significado a lo que le ocurre y en seguida siente que es un tema de interés para mamá. Estamos ya en el escenario de la denominada etapa anal, en donde los intercambios afectivos, fantasmáticos tendrán su lugar privilegiado en las evacuaciones.

Para los niños dejar de usar pañales marca un hito en el control de las acciones sobre las sensaciones del propio cuerpo durante su proceso de autonomía. A partir de aquí será él quién decida cuando y cómo – dentro de las convenciones sociales – hacer sus necesidades y ya no dependerá de la planificaciones de limpieza de sus padres. Podrá tener ganas de ir al baño yendo en el coche, en medio de una comida en el restaurante o en la cola del supermercado. Esta nueva situación puede resultar incomoda como padres, que a veces quisiéramos que los niños aprendiesen a planificar sus tiempos con respecto al baño como si fueran adultos.

Capacidad psíquica para el control de esfínter

El proceso de adquisición del control de esfínter es mucho más complejo que una mera adquisición de una conducta puntual. No se trata de un entrenamiento o adiestramiento en base a premios o castigos para que el niño cese en el uso del pañal, o del efecto de un fármaco antidiurético o similar (indicado cuando ya hay cronicidad); sino de propiciar un ambiente adecuado para que el niño pueda interpretar las sensaciones de su cuerpo y descubra su capacidad de controlarlas y la satisfacción de lograrlo y crecer.

Por ello cuando escuche o lea, déjese tiempo de reflexionar, para encontrar el mejor modo en el que acompañar a su hijo en esta adquisición de esta etapa tan transcendental como son los primeros años de su vida. Obsérvelo y si siente que algo no va bien, pida ayuda, existen numerosos profesionales dispuestos a acompañarlo en los desafíos que pueden representar las funciones parentales.

Bibliografía de referencia:
Silvia Bleichmar (2010) “La fundación del inconsciente” 2Ed. Ed. Amorrrortu Buenos Aires.
Michelena, M. (2002) “Un año para toda la vida”. Ed Esfera de los libros. España.

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